SEMÁFOROS

Las farmacias se estacionan en las avenidas; erigen su papalote y fracturan el cielo. Qué esconden sus portafolios acerbos: apatías y muestras, semáforos. Nadie sabe escuchar lo que vociferan sus anuncios espectaculares; es una sublevación unísona frente a una pupila inanimada, como el césped artificial que arde en las rodillas. La apariencia no es engaño. Caparazón cristalino en actitud perentoria. De qué color es esta ciudadanía. El malestar se propaga como una explosión criminal en la boca. Demasiado pequeño para indagar con este tipo de disquisiciones, como una canción que desciende en un paracaídas flamígero hacia el parque de venenos inusitados. Un pequeño alacrán que despierta. Se incorpora y el mundo se cierne ante él de cabeza. La multitud se disgrega en la lejanía, abandona los taxis con urgencia estomacal y terrorista. Las farmacias vuelven al coche y se van, con un jardín aéreo de papalotes. Quedan vacías las avenidas, como un concepto abstruso del silencio. Hasta que el despertador reivindica un día lunar como oblea del tedio.