Susurro púrpura



Escuché otra vez el susurro púrpura de aquel espantapájaros, como un telón de plástico que se deshebra sin cesar contaminando la región plateada del cerebro: “Deja que me pierda entre las calles de esta ciudad intransitable”.
Al parecer me musitaba solo a mí, como un vagabundo de mi pensamiento: “Acaso entre las piedras halle una que me hable”.
Será que interpelaba a la llovizna ácida encarnándose en su propio espectro: “Estoy cansado de arrojar botellas a los cables”.
O susurraba al sol, que no por ello se apartaba de verter su lumbre consagrada e insondable: “No me complace ahuyentar doncellas en los parques”.
Qué le podía responder yo. Había salido a caminar pretendiendo esclarecer mis abstracciones: “Al menos han vuelto a florecer las jacarandas en tu 'vieja soledad de hierro'”.
Qué más le podría conmover ­–otrora las jacarandas se volvieron emblemáticas–: “Festival de pétalos que echó raíces en el concreto”.
Había salido a caminar y escuché otra vez ese susurro. Lo sentí bajo mi piel, como el borbollón de una turbia mixtura química que aturdía el intelecto. No obstante, las jacarandas habían vuelto a florecer... Ahí estábamos de nuevo.

Imagen: "Yadnara cay". A las afueras del Museo Tamayo, Cerro de Chapulines, Méshico. Abril de 2017.