En la barra de los marchitos


Un poco de metal con mirada de durazno, por favor.
Un poco de paz que no ate las manos.
Se están quemando mis alas bajo las lágrimas de leona.
Se está derritiendo mi máscara y se están fermentando mis clavos.
“Caminar borracho su piel.
Amarla como si fuera una mujer que no amo.”
Me apetece.
Apetece, incluso, un cambio.
Las hormigas que fabrica el despertador.
El taladro que te ladra en las sienes:
El tronido que trinan los trenes.
Las batallas de las botellas:
La alcoholemia y la blasfemia.
Los carnavales del corredor y la orgía solitaria 
al yo ver llover.
Diablo de la guarda,
mi agridulce compañía;
lagrimal de reces muertas,
bultos sacrificados colgados de los ganchos como frutas arrancables;
como sacos rojinegros escurriendo en las alcándaras.
Ángel mío,
eso es lo que ves en la esfera del cristal que has arrancado.
Devil,
¿ya te has ido?
Débil he venido.
Débil estoy.
Devil,
¿ya no estás?
He venido de la noche,
fue un terrón amargo que durmió en mi lengua.
He venido a amanecer justo aquí,
en este paradiso de floreros yertos.
El yugo y la yugular se ajustaron muy bien.
¿Tú me has hecho esto?
No me desampares ni en la alegría ni en mi melancolía.
¿Acaso nos tocó perder?
No quiero fuego,
hoy no tengo mechas que encender;
tan sólo un poco de metal con actitud de durazno, por favor;
un poco de paz que no lastre las manos.
¡¿No atiendes la barra este día?!



Imagen: Detalle de "La escaración de los bares". Tinta mixta sobre papel, 28x22 cm, 1998