CALCÁREA

Calcárea sumerge los dedos en su vaso de lodo sanguíneo.

Escurre la espuma que se avecinda cada final de luciérnaga.

Promete ir temprano.

Incendia pestañas y olvida ser angelito.

Se disecciona las partes traseras de cada canción,

sólo para complacer cada sonrisa instantánea,

sólo para que acepte llevar una flor en cada latido.

No hay más parpadeos inalámbricos.

No existe tampoco una fobia relacionada con las hemorragias.

Es una tertulia de frío.

Jalea que escurre del techo dolorido como un cuerpo sin abrir sus ventanas.

Calcárea succiona.

Delimita el jabón que adelgaza sus uñas carcomidas por amaneceres extintos.

Calcárea fricciona.

Suprime el callicida por una región constrictora

que pulverice el humor de sus infancias ululadas y aladas.

La ubérrima ubre no rima,

no coincide con sus aspavientos de herrumbre en ayunas,

no selecciona más que cuatro distancias.

El orden exige que infiel sea igual a sufrimiento.

Moretón en la clínica de sus pezones horadados y ahora dados en cada sección del pájaro gélido. Por eso desconoce,

como sucede en el quinto piso de un dóberman.

Su mirada es un avestruz disecada,

un salón de fiestas sin fiesta,

un pastel de bodas repartido en un funeral.

Calcárea es así de aburrida.

Se baña en la noche y nadie la escucha cantar mientras la espía.

El desodorante trafica sus células.

No hay un delirio pero hay un raudal de imaginaciones opacas.

A qué huele.

Un tufo típico a gas emana de la farmacia.

Quién quisiera estallar esta noche.

Quién quisiera estrangular su propio crepúsculo.

Calcárea reparte,

comprime,

suprime

y se avienta.

Es una pluma que ha tocado el suelo.

Nadie ha proscrito sus iras.

Nadie ha caminado sin ellas.

La catástrofe y la vigilia.

El champú bebedizo que no hace llorar ni revierte ciudades abatidas

por panes de muerto en los meses en que se transita a nuevas heteromanías.

Adelgazamiento.

Estupor y alegría doliente.

Calcárea se contamina los dientes.

Auxilia espermatocitos de cualquier espermaticida.

Es virginal.

Siempre en ayunas y sin cenar.

Carcomida de ecos.

Esgrimida como un artefacto fálico en el clímax de la ceremonia sacrificial y hematófaga.

Clamidia no sabe, no sueña.

Calcárea, no obstante, arguye en su contra.

El mal aliento que se refleja en el cielo cubierto de espasmos.

La lubricación necesaria para llegar hacia dentro,

donde la luz huele a carne.

Calcárea se apellida Calcafrea.

Es un alivio cubierto de brea.

Un camino hacia el techo,

cajita de relámpagos.