Iulio

Julio recorre el museo con parsimonia de aire, medio céfiro, medio ehécatl. Escucha el tunkul de la lluvia percutir en los tejados re depente. Deja las salas y se sienta en una banca dispuesta en un corredor, libre de fumadores y gente. Es un corredor sin paredes, en el segundo nivel de un edificio antiguo y desmesurado. Alguna esquirla de brisa alcanza a chisporrotear líquida en su frente. La quietud del espacio permite contraer la belleza de la lluvia pétrea que ahora es un huéhuetl inminente. Antes, al llegar, la niebla era un envoltorio de vaho tapizando los tejados lejanos como un duende calmoso, medio de musgo, medio de hiedra. Escucha pasos urgentes y algunas exclamaciones. Son niñas que corren. Julio, desde lo alto de ese caserón prominente, observa correr a esas niñas que cargan a niños aun más pequeños en sus espaldas, como si hubieran estado jugando al caballito y no como la niñez lastrada de los indicios poblacionales. Corren descalzas, huyen del agua, torrencial y súbita. Es la lluvia lo que provoca “acceder” al museo, para guarecerse. Julio advierte —o se enterará después o ya lo sabía porque lo había leído por ahí o lo escuchó de quienes lo han “reporteado” y comentaban la situación departiendo en los bares del Centro, entre canapés cosmopolitas y canciones perennes de protesta, o se discutió en los coloquios oficiales donde se discute eso precisamente— que esas niñas ya no tienen casa, ni siquiera pueblo. No hay adultos alrededor —adultos suyos—, solo extraños, diferentes e indiferentes, como Julio, quien mira desde lo alto, a buen resguardo en su interior. Sus familias fueron “desplazadas” —eu-fe-mística-mente—. Qué debe pensar Julio. Qué debe hacer con tanta belleza distensada unos segundos antes si quedan muchas, muchísimas, familias desplazadas, a la intemperie, sin rezos de bronce que medien sacrificios ni chuchos cerámicos que guíen a sus muertos. Son niñas que corren descalzas para “acceder” al museo y cubrirse del agua, torrencial e inminente. —“Niñas que corren descalzas” podría ser bello, en otra situación.— Niñas pequeñas que trasladan a niños más pequeños —aun esto— en sus espaldas. Niñas hermanas que suplen a las madres —¿no a los padres?— para cuidar de los hermanos mientras piden ayuditas por desamor de dios o intercambian menudencias a cambio de monedas improbables. —¿Julio no tuvo la protección de ninguna hermana? ¿Julio no precisó de ayuditas si conoció la orfandad mas no la intemperie?—. Qué debe sentir Julio —“qué hacer” no cabe—. La lluvia está ahí, omnipresente: no solo moja golpeando paleolítica sino que resuena mesozoica, se huele, se ve y acaso se sorbe premágicamente. Se vuelve una postal sensoria. Julio se pone torrencial, como el aguacero: su psique es un torrente, su monólogo interior es un deslave de psique. Si todo resulta bello —todavía no se ocurre otra palabra menos ridícula para ello— es porque no se pertenece. Si se estuviera dentro sería otra historia. Julio está en el museo —un ex convento, vuelto depósito de los despojos y la desmemoria—, como suele estar: entre paréntesis, en un intersticio de lo que sucede siempre, acá cerquita o allá más lejos. Los fragmentos no encajan, solo se exhiben. La belleza no está en la visibilidad de los objetos sino en el concierto de carencias y exuberancias argüidas museográficamente. Julio torrencial. Familias desplazadas. Víctimas del racismo. Víctimas de la herida colonial. No de la pobreza sino del empobrecimiento. Ya está: He ahí las hipótesis —Teoría—. Hijas del desplazamiento, descalzas, y madres del emplazamiento, desclasadas. Qué se debe juzgar, más allá de los libros traducidos. Qué se puede decir —hacer no cabe—… Al rato olerá a café y teja mojada —La praxis—. Julio no quiere volver a casa. Pero si eso es solamente un deseo, lo puede elegir; no solo pensar sino llevar a cabo, durante una temporada. Y así ocurrirá: Julio no volverá a casa inmediatamente, se irá a vagar mientras pueda, como la niebla que envuelve los tejados igual que el velo de un duende, medio de musgo, medio de hiedra. Se perderá un tiempo. Solamente morirán algunas plantas por falta de riego pero sus restos aguardarán en casa para ser desterrados y serán suplidas inmediatamente. Esas niñas no tienen posibilidad de elegir. Quizá ya no tendrán casa. Ya no verán la milpa. Ya no olerán su café. Julio no sabe de dónde proviene. Su ombligo es una fantasmagoría, una errancia, es una presencia inestable y sin raigambre. Es un desarraigado y ese linaje no afecta en nada. Ellas dejaron su ombligo enterrado en el paraje, de donde las echaron a punta de bala. Son desterradas y no afecta a nadie. Por eso “hacer” no cabe. Julio, tan torrencial como siempre, no puede hacer nada, solo observar como un fantasma. ¿Una monedita que sobra? ¿Una transferencia electrónica mediante la caridad organizada? ¿Una firma heterónima al pie de un desplegado, con esa retórica oscilante y amigable con el ambiente? Julio se despoja pero no se moja. En nada ayudan los capitales subjetivados. Los artículos debidamente documentados. El pensamiento sistemático. Haber recorrido el museo con atención. De nada sirve saber hacerse preguntas adecuadamente. No cabe “hacer”, nada… Así será: Julio acudirá al coloquio institucional de verano —casi de paseo— y no hará nada. Solamente fluirá, céfiro o torrencial, como siempre, medio de musgo, medio duende, medio bien fantasma.
 
 
Rola: Sak Tzevul, "Batik Xa Ta Sna K'ak'al", del disco Xch'ulel Balamil, México, 2018 (reeditado)