Si no rieras bajo el púrpura

La luz que se quema
en tus árboles de navidad
—más artificiales que tus besos
regalados a los transeúntes—
no pueden auxiliar el mar
que se resbala en tus mascotas
y mi escalera de metal
no es garganta para tu voz
ni barniz de lágrimas para tus uñas.
Pero cómo vivir sin estribillos
y sin succionar la vulva
de nuestras palabras heredadas.
Mencionar esas distancias
e ir sin rumbo bajo el aire corpulento
es interpretar que pronto
tendré que repartir mis huesos.
Te los concedo,
como las espinas y tornillos
de la noche más inservible.
Porque al final de los andenes de tu cuerpo
y de los puertos de tu parto,
me respondes con tu llanto
de agua mineral
en un paisaje asustadizo
de cenizas en el pelo.
Flores masticadas
como obsequios
de tu mirada huidiza pero atenta,
siempre atenta,
a las intoxicaciones.
Pero déjame decirte algo:
vivir no vale la pena
si no le ofreces a la vida
más de un grado de locura.
La vida no vale la pena
si no te exige vivir
con más de un grado de locura.
Si no estás más o menos loco
entonces mejor no arguyas.
Si no eres, más o menos, un loco
entonces tu vida no es tuya.
Es como percibir las vías ferroviarias
y abrir la oscuridad de los sentidos.

"Mírame.
Soy ese tipo de música a la que no tendrías acceso si no tuvieras una enfermedad de interrogantes.
"Levántame.
Soy esa hoja de lluvia en la que no cabría tu herida si no rieras bajo el púrpura."
(Bendigo la música.
Bendigo la lluvia y el púrpura.
Bendigo lo maldito.)

Destroza tus árboles.
Regala tu último beso.
Te espero,
cerca de la lejanía y lejos de la plenitud visible.
Te espero,
con metáforas de juguete
y otra vez con ganas de poesía.