De la serie TEMPLOS PAGANOS

Para Germán Dehesa(1944-2010)
Sirva este coctel de lugares comunes para decirle: “Salud”
Pongo una de a cinco en la rockolla y vuelvo a la barra, donde brindo una vez más por la belleza…
Ah, la cantina; de palabra llana que onomatopéyicamente alude al tintineo de los vasos y al cancán de las pupilas.
A mi derecha está Jesús, canonizando a las putas, llorando por la Magdalena, haciendo peces con piedras y vino con agua (y no al revés).
A mi siniestra Luzbel, recita versos de Baudelaire y tararea ensueños de Piazzolla o refranes de Discépolo.
En aquel rincón están Sabina y José Alfredo, caballito en mano piropean a Viridiana, la más guapa de todas las meseras.
Allá está la Adelita, con su vestido de seda y con el otro, aquel con quien se fue y por quien la han estado buscando por tierra y mar (en un buque de guerra y en un tren militar).
Allá se miran los delicados ademanes de Chavela Vargas seduciendo a la Catrina, mientras Frida les propone un trío con Diego y Diego magrea a la Nahui Ollin.
Martín Corona se carcajea con un señor estrambótico que dice andar recolectando corazones solitarios, tener el grado de sargento y llamarse Pimienta.
En aquella mesa está Javier Corcobado, con ojos de ginebra, diciendo que las rejas no matan pero sí tu maldito querer.
Luego entra una turista y pregunta por un tal Pedro Infante; como nadie le da razón, Agustín Lara se la lleva del brazo hablando en pésimo francés.
Cuco Sánchez afina su requinto y Simón Blanco su puntería.
El Piporro esta vez se fue temprano, pero sin dejar de decir: “Qué chabocha la chevecha que che chube a la cabecha...”.
Un niño entra corriendo para decirle a Juan Charrasqueado que se cuide, que por’ahi lo andan buscando.
Renato Leduc es el más borracho de todos y grita el nombre de Leonora...
Desde luego, faltan muchos, pero es que todavía no han llegado.

Ay, esta cantina es todas las cantinas, aquí están todas las que usted conoce y las que aún no ha visitado.
Aquí está El Tenampa, donde se han cantado todas las canciones y donde se han filmado todas las películas y donde las gringas piensan que los mexican machos son el souvenir perfecto.
Aquí está El Nivel, donde Maximiliano, florecita en mano, distribuía endecasílabos dedicados a Zapata ¬-a Emiliano y no a don Chucho, su afable barman.
La Ópera, donde Pancho Villa, dicen, dejó un par de balazos.
Otro Tenampa, el de San Miguel de Allende, a donde José Alfredo Jiménez pasó una tarde por casualidad con su caballo blanco, el convertible que, a decir de don Pulguita, Mr. Eleuterio, cantinero, sí señor –el de las mejores micheladas que mi paladar me ha dado–, venía cojeando de la pata izquierda, por lo cual tuvo que hacer escala, una parada que duró 19 días y 500 noches.
Aquí está La Puerta del Sol, donde Laco Zepeda vomitaba en ruso.
Aquí está el Chuty II, donde se dan clases para hacer botanas.
Aquí está La Faena, con sus toreros jubilados, su solemne kitsch, y su mesero más temulento que los propios contertulios.
Aquí está la Klóster, donde Frenesí Gay riega sus flores con cerveza nada más que por amor, mientras juegan dominó los desempleados y José Juan Tablada esnifa el polvo rancio de un otoño.
Aquí está La Guadalupana. Aquí están El mesón, El X, La Cinco Letras, La Oficina, el K2, La Taberna, La Flor y todas las cantinas clandestinas que nunca faltan alrededor de las escuelas y a las que el estudiantado adjudica una razón social que se queda para siempre.
En esta cantina están todas las cantinas y todas las parrandas. En esta cantina están todas y algunas más.

El cantinero, quien todo lo sabe, se mueve atrás de la barra como un muñeco de guiñol, haciendo malabares con los vasos y parlando con cada uno de los que hoy vinieron a arreglar el mundo o a dar la lista perfecta de la Selección.
Luego llega el trío, o el cuarteto de dos con disformes uniformes multiformes de norteño…
Pero el cantinero, decía, quien ahora se autodenomina barman, nunca ha salido de esa barra, nunca se ha atrevido a dar un paso más allá de esa línea que separa sus hazañas; y, sin embargo, conoce el mundo como a la combinación exacta de una bebida, reconoce los modismos de cada quien y los identifica. ¿Usté es de Nayarit?, Seguro usté es del Sur. ¿A poco viene de Coruña?
Él es el moderador de las mesas redondas, cuando las discusiones políticas se enrojecen con presagios de violencia.
Él es quien ahuyenta al fantasma de los taciturnos, cuando las miradas se deshacen con el hielo de las copas a punto de las lágrimas.
Él es el curandero del alma, cual médico o boticario prepara los remedios contra el mal de amor o en contra del hastío.
Él vio escribir en una servilleta el más hermoso de los poemas.
Sólo él supo el nombre de la dama por la que perdió don Juan.
Él dio la clave última de la conspiración fatal contra la historia (porque es en la cantina de donde parte la historia. Al entrar se detienen los relojes, aunque siempre haya una bruma vespertina como escenografía. Se descuaja el tiempo como el hielo de los mingitorios y el mundo cambia ahí no sólo porque ahí se reúnan el viejo Marx, Bin Laden, Marcos y San Dimas, liberales y conservadores y los dueños del misterio y la polémica de la semana, sino porque con la embriaguez el espíritu se multiplica y la vida es exaltación).
La cantina, templo de los paganos, habitáculo del ánimo, estancia de la pena y la risa.

En fin… Pido la otra, me la acabo... Salud.