SESIÓN DE MAR

He crecido con ganas de adentrarme en el mar, paso a paso, hasta ver desaparecer las lunas y los crepúsculos. Desde niño escuchaba su rumor placentario y lo imaginaba arrastrando mi cama sobre la arena mojada de espuma.

Un paladar vítreo, como una enramada de botellas, se fue enredando en mis vértebras. Luego encendieron las estrellas de una ciudad enorme, la misma que ahora ha despertado desierta. Allí se dispersaron mis lágrimas, hacia un cielo jardín de poluciones y tiraderos de luces. Allí conocí internamente las jacarandas, flora que me hizo entender la mística estética de la vida y sus variadas resurrecciones.

Los caballos que no supe amaestrar en la adolescencia se replegaron bajo el horizonte quemado de las múltiples formas que ha adquirido mi pecho. Entonces el mar viajó por las ondas ultrasonoras hasta un vientre de carne y una respiración nueva desprendiéndose de mis pupilas cansadas de la orfandad y del desequilibrio constante...

En ese mar quiero instalar mi tumba, como una ermita para náufragos; cuando todos los nombres se hayan diluido de mi pensamiento y todos los rostros hayan volteado hacia un precipicio al que no tenga acceso.